David y Hairong vivían en la costa japonesa. Él acababa de irse a vivir con ella después de mucho tiempo de noviazgo marcado por la distancia.

Un día no pudo más y decidió no volver a pasar meses sin verla. Ella era china y él español, pero decidieron vivir en Japón pues ambos conocían el japonés y ninguno conocía el idioma nativo del otro. Además hacía tiempo que Hairong vivía en Japón, lo que facilitaba mucho las cosas.

Con la convivencia vinieron los primeros problemas: Ella, antes de saber que David iba a mudarse, adquirió un compromiso con unos compañeros del trabajo. Iban a celebrar una pequeña fiesta en una playa. Acudiría su exnovio, también de la empersa. David no podía ir porque el barco en el que iban a montar no tenía más plazas para llevarle. Discutieron. Al irse él la pidió que al menos le llamara al salir del trabajo. Ella dijo «Ya veremos». David se desesperó. Se encerró en su habitación y se puso los cascos.

Hairong trabajaba en un bufete de abogados. El día fue especialmente duro porque un cliente importante tuvo un revés. Tardaron tres horas más de lo esperado en salir de la oficina. Tres horas que David miró el móvil cada minuto. Cuando Hairong le llamó David ya había bajado la guardia. Seguía con los cascos, pero ya no miraba al móvil.

Hairong se fue enfadada. No pudo disfrutar el barco pensando que David no le había querido coger el teléfono.
David ya estaba preocupado, pero se preocupó más cuando el suelo se movió bajo sus pies. Un terremoto. Su primer terremoto. Especialmente virulento, dirían más tarde en las noticias.

-¿Sabeis? – contó David a sus padres una semana después – Yo siempre os decía que quería morir antes de los 30. Que quería vivir feliz y joven y dejar la vejez para otros. Sus compañeros sobrevivieron. De ella no se supo nada hasta un par de semanas después. Lo único reconocible era el pelo. Estaba inflada, corrupta. Sólo el pelo resistió el paso de las dos semanas bajo el mar, ondulándose como el resto de las algas. Hubiera preferido que la hubieran dejado en el fondo, sola. En el funeral los supervivientes me contaron que Hairong gritaba mi nombre todo el rato. Que salía a la superficie y lo gritaba una y otra vez, una y otra vez. Sabía que no estaba allí, que ni siquiera estaba cerca, pero lo siguió gritando hasta que se hundió la última vez. Me imagino si tenía la esperanza de que bajaría a buscarla y la sacaría. Ahora sé que no quería vivir hasta los treinta, sino hasta hace ocho días.