Cada vez que veo al hijo del vecino le riño. Siempre que coincido con él en el ascensor le echo una bronca por cualquier motivo, el que sea. Me inclino hacia él y le canto las cuarenta con el dedo índice en ristre.

Él, siempre con su balón de fútbol y su barriguita, siempre baja la mirada hacia el suelo y, con expresión culpable, dice que lo siente.

Le riño si le veo por la calle, le grito y le pido que cambie, le afeo su conducta y le corrijo sus modos.

Le riño si está sentado en una silla, si está jugando en el patio, si está leyendo un tebeo mientras merienda, si está jugando al escondite o si está acariciando a los gatos.

Él agarra su balón en un costado y mira al suelo, culpable y arrepentido y me promete que intentará hacerlo mejor.

Entonces se sienta en el suelo cabizbajo y yo recolecto mi manzano y hago puntería con su cabeza. Si le acierto se come la manzana.