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Sobre el Colegio El Salvador

Nota: Escribí esto hace unos años y lo acabo de encontrar. La redacción no es gran cosa, pero alguna cosa me ha hecho gracia:

Nota2: Tengo que poner un mensaje importante sobre el colegio El Salvador de Valladolid, pero ahora ando liadísimo. Supongo que este miércoles.

Los dulces me recuerdan a las fiestas de mi colegio. Las fiestas de mi colegio me recuerdan a mi colegio.

Mi colegio era un colegio de contrastes. Contraste entre la nobleza feudal que eran los profesores y los niños de la selva que eran mis compañeros. Contraste entre lo que decía ser y decían que era, contraste entre la fachada elegante y el interior con goteras.

Mis profesores eran castos y opusianos. Eran hombres grises a los que había que guardar respeto, llamar de Vd (lo contrario no estaba prohibido: era impensable) y a los que no se les podía discutir. No todos merecían el respeto que exigían, pero eso nos daba igual, o se lo dábamos o nos iría peor.

No era raro, sin embargo, ver a mis compañeros columpiándose, gritándose o tirandose objetos como tizas, sillas o a otros alumnos más pequeños.

Mi madre era la profesora más antigua, Dña Anamari. Destacaba por eso y por ser uno de los pocos trabajadores del colegio que no estaban metidos en el Opus.

Mi educación fue extraña desde que entré en el colegio, a los tres años, hasta que salí, a los 15.

Mi profesora de preescolar no era de las que, muy legítimamente, quería que me enseñaran educación en casa. Esta pedía una sobreextensión de las funciones de mi madre y pedía que me enseñaran en casa a recortar, a pintar los espacios en blanco y a no salirme de los bordes con las pinturas. Mi madre le decía que me lo enseñara ella y aun sigo esperando que alguien me de el secreto para que las tijeras sigan la linea, para pintar esos espacios que no quieren ser pintados y para que el rotulador no se salga solo de los bordes.
En Preescolar ya llevaba un año persiguiendo a las chicas. Yo era de los que las perseguía para besarlas. Y ellas lloraban casi siempre, lo que me hace ver que era un niño feo. Por esto muchos compañeros me pegaban. En primero dejé de perseguir a las chicas, pero me seguí llevando las mismas collejas.

Los golpes son como un lenguaje: Hay un emisor, que suele ser un repetidor o un niño selvático, un medio, que suele ser la mano o el pie pero que también puede ser un objeto ajeno al cuerpo y un receptor, que suelo ser yo.

En 1º de E.G.B. tuve un compañero que afirmaba que su padre había sido presidente. Recuerdo especialmente un día que a unos cuantos nos castigaron sin recreo y nos obligaron a hacer una tarea. Este chico se puso a hablar y hablar y hablar y a contar cosas de su padre esto y lo otro, mientras que los demás nos tocábamos las pelotas. Al final todos habíamos rellenado cinco lineas y él dos, así que le castigaron otro día.

En 2º llegó una profesora nueva que aportó a su hijo al museo de los horrores que era el día a día en el colegio: La sapo, una mujer que siempre recuerdo vestida de negro y que nos llamaba de Vd a los alumnos, argumentando que «no había comido con nosotros». Dejamos de insistir en que nos llamara de tu, no fuera que la diese por comernos a nosotros. Es lo que mi abuelo habría llamado una «señorita Rottenmeier». Su hijo era muy tonto y además debía parecérseme, porque todo el mundo me preguntaba si era hijo de La sapo. El niño horrible este pululaba por aquí y por allá en el recreo. A veces me tiraba piedras y a veces se las tiraba yo a él. Hasta recuerdo que un día le convencí para que en vez de tirarme piedras me tirara hojas de árboles, argumentando que las piedras sólo las tiraban las chicas. Que te tiren hojas de árbol es bastante molesto, aunque menos que una piedra. Un día se meó en la mochila de una compañera. En su defensa argumentó que «Este otro me dijo que si me meaba yo se meaba él también». La mochila de esa chica debía ser hipermeable, porque otro alumno se volvió a mear en ella otra vez durante el mismo curso. Su madre y él mismo se fueron como vinieron: De repente. Nunca supe más de ellos.

En 3º de E.G.B no salí al recreo ni un solo día, por que cuando no terminaba los deberes, que era todos los días, tenía que quedarme a hacerlos en clase con los mismos de siempre. Los mismos de siempre eran, entre otros, Adrian el gordo y Javier el chino. A Adrián le llamaban así porque era gordo y a Javier porque tenía los ojos achinados, tal era la capacidad de inventiva de los niños de aquel colegio aterrador.
Siempre hacíamos el mono hasta que oíamos que las voces del patio se acallaban. Entonces nos poníamos como locos a hacer los deberes. Infructuosamente, por supuesto.
Tengo tres recuerdos de este año: El primero es que un niño se meó encima. El segundo es que en ese año salió Vip Guay, Vip Noche, Vip tal y Vip cual y en uno de ellos decían «Si tu profesora tiene cara de Limón..» y yo pensaba que la mía sí tenía cara de limón y que esa canción estaba hecha para mi. El tercer recuerdo es que otro niño estuvo un mes sin venir y todos sabían donde estaba menos yo. Siempre lo preguntaba y nadie me lo decía. Un día le vi y grité «¡Juan Pablo, has venido!». La profesora vino detrás y me castigó sin recreo y saludó muy contenta al niño aquel. Entonces dijo que iba a llamar a su madre a ver que tal el viaje a Barcelona. El niño se puso pálido y nos confesó que no había ido a ningún sitio, que cuando su madre se iba a a la peluquería él dejaba a su hermano en el cole y volvía a casa, así durante un mes. La profesora subió ojiplática y al niño no le dejaron volver al colegio al año siguiente. Tardé mucho tiempo en averiguar que su madre no iba todos los días a la peluquería a cortarse el pelo. Durante años y años, y lo digo en serio, me estuve preguntando si tendría alguna enfermedad y le crecería el pelo a marchas forzadas.

Nota: Escribí esto hace unos años y lo acabo de encontrar. La redacción no es gran cosa, pero alguna cosa me ha hecho gracia:
Nota2: He eliminado todos los nombres y apellidos
Nota3: Sé que la segunda parte está en algún lugar, pero no sé donde. Y sí, efectivamente llegué a 2º de bachillerato en este mensaje.

Los dulces me recuerdan a las fiestas de mi colegio. Las fiestas de mi colegio me recuerdan a mi colegio.

Mi colegio era un colegio de contrastes. Contraste entre la nobleza feudal que eran los profesores y los niños de la selva que eran mis compañeros. Contraste entre lo que decía ser y decían que era, contraste entre la fachada elegante y el interior con goteras.

Mis profesores eran castos y opusianos. Eran hombres grises a los que había que guardar respeto, llamar de Vd (lo contrario no estaba prohibido: era impensable) y a los que no se les podía discutir. Si bien casi, no todos merecían el respeto que exigían, pero eso nos daba igual, o se lo dábamos o nos iría peor.

No era raro, sin embargo, ver a mis compañeros columpiándose, gritándose o tirandose objetos como tizas, sillas o a otros alumnos más pequeños.

Mi madre era la profesora más antigua, Dña Anamari. Destacaba por eso y por ser uno de los pocos trabajadores del colegio que no estaban metidos en el Opus.

Mi educación fue extraña desde que entré en el colegio, a los tres años, hasta que salí, a los 15.

Mi profesora de preescolar no era de las que, muy legítimamente, quería que me enseñaran educación en casa. Esta pedía una sobreextensión de las funciones de mi madre y pedía que me enseñaran en casa a recortar, a pintar los espacios en blanco y a no salirme de los bordes con las pinturas. Mi madre le decía que me lo enseñara ella y aun sigo esperando que alguien me de el secreto para que las tijeras sigan la linea, para pintar esos espacios que no quieren ser pintados y para que el rotulador no se salga solo de los bordes.
En Preescolar ya llevaba un año persiguiendo a las chicas. Yo era de los que las perseguía para besarlas. Y ellas lloraban casi siempre, lo que me hace ver que era un niño feo. Por esto muchos compañeros me pegaban. Por perseguir a las chicas digo, no por ser feo. En primero dejé de perseguir a las chicas, pero me seguí llevando las mismas collejas. Un día uno de los niños me pegó hasta hacerme llorar. Todavía recuerdo su cara, parecía negrito y tenía los labios hacia fuera, como los negritos. Cuando fueron a decírselo a la profesora yo dije que no, que le perdonaba. Y ese día me dejaron sentarme al lado de Patricia Gómez, que era la chica más guapa de todo preescolar y la que más me gustaba a mi y la que mi abuelo decía que nunca podría olvidar por que era mi primer amor. (Este nombe lo pongo por que esta chica sigue siendo mi amiga) Recuerdo además como, cada vez que se oía una ambulancia íbamos todos como locos a verla, como si fuera la última ambulancia del mundo. Y recuerdo también un minitobogán al que nos peleábamos por subir cada vez que se iba la profesora. Poco subí yo, con lo endeble que era. Había una niña que me tiraba del pelo y que siempre llevaba zapatos de charol. A mi me gustaba tocárselos y hacía como que me caía para conseguirlo. Un día se me ocurrió pedir, en vez de el color rosa o el rojo, el color fresa y el color lechuga y el color caca. Maldito día. Nunca más los volvieron a llamar por su nombre, a partir de entonces serían color tal cosa o color cual otra. Espero que, con los años que han pasado, ya hayan abandonado esa actitud. Tengo recuerdos tontísimos, como la profesora diciendo «Uy, se ha ido el sol» o cosas así.
Este año conocería al que sería mi primer amigo: Javier Moreno. Un chico estupendo al que recuerdo sin pelearse con nadie nunca y cuya cara conservo con especial frescura. Recuerdo que no se enfadó conmigo ni un día que le bajé los pantalones, tan solo se rió. Sólo una vez le vi enfadado y fué para defender a su amigo Marcos Muñoz. Este chico, Javier digo, murió varios años después, poco después del 11M. Yo llevaba mucho tiempo sin verle. Todavía me llevan los demonios con que tardaran meses en atenderle en la seguridad social por las listas que no pueden reducir por falta de recursos, pero que luego se tire el dinero tan a lo tonto en cada cosa idiota.

Las collejas son como un lenguaje: Hay un emisor, que suele ser un repetidor o un niño selvático, un medio, que suele ser la mano o el pie pero que también puede ser un objeto ajeno al cuerpo y un receptor, que suelo ser yo.

En 1º de E.G.B. tenía un profesor de lo más majo y recuerdo mi clase como colosal tuve un compañero que afirmaba que su padre había sido presidente. Recuerdo especialmente un día que a unos cuantos nos castigaron sin recreo y nos obligaron a hacer una tarea. Este chico se puso a hablar y hablar y hablar y a contar cosas de su padre esto y lo otro, mientras que los demás nos tocábamos las pelotas. Al final todos habíamos rellenado cinco lineas y él dos, así que le castigaron otro día. Fué el único niño que repitió 1º. Recuerdo también el primer día. Fuí de la mano con mi amigo Marcos Muñoz (que también nombro por que también es amigo), pero él me la soltó y dijo que ya éramos mayores. Subimos de dos en dos a clase y ahí no teníamos sitio, ni era nuestra clase, ni ese tío era nuestro profesor. Él nos llevó a nuestra clase de verdad donde estaban nuestros amigos. No sé que pasaría con ese profesor. Creo que se llamaba Juan Carlos o algo así. En primero conocí a un chico que tenía dislexia y alguna cosa más. Era problemático y mayor y nos pegaba a todos. Le voy a llamar Julio, aunque no era su nombre de verdad. También había un chico al que llevaron al médico para ver si tenían que ponerle aparato en las piernas y el profesor nos advirtió que si se nos ocurría llamarle cojo nos la íbamos a cargar.

En 2º llegó una profesora nueva que aportó a su hijo al museo de los horrores que era el día a día en el colegio: La sapo, una mujer que siempre recuerdo vestida de tobillo a cuellos y que nos llamaba de Vd a los alumnos, argumentando que «no había comido con nosotros». Dejamos de insistir en que nos llamara de tu, no fuera que la diese por comernos a nosotros. Es lo que mi abuelo habría llamado una «señorita Rottenmeier». Su hijo era muy tonto y además debía parecérseme, porque todo el mundo me preguntaba si era hijo de La sapo. El niño horrible este pululaba por aquí y por allá en el recreo. A veces me tiraba piedras y a veces se las tiraba yo a él. Hasta recuerdo que un día le convencí para que en vez de tirarme piedras me tirara hojas de árboles, argumentando que las piedras sólo las tiraban las chicas. Que te tiren hojas de árbol es bastante molesto, aunque menos que una piedra. Un día se meó en la mochila de una compañera. En su defensa argumentó que «Juanjo dijo que si me meaba yo se meaba él también». La mochila de esa chica debía ser hipermeable, porque otro se volvió a mear en ella otra vez durante el mismo curso. Su madre y él mismo se fueron como vinieron: De repente. Nunca supe más de ellos.

Teníamos un profesor majísimo y fué el que me enseñó a diferenciar izquierda de derecha: Tenía una I en la pizarra a la izquierda y una D a la derecha. No tenía más que imaginarme mirando a la pizarra y pensar a que lado estaba la I para saber cual era una u otra. Usé este truco hasta que lo cambié por recordar la dirección en la que leemos. También hacíamos «manteles» con papel y me tiró uno que me pareció muy bonito y me puse a llorar. Luego me pidió perdón y yo me sentí culpable por hacerle sentir culpable. Este año Julio había encontrado a dos secuaces que, con él, sembraban el terror por todo el planeta. Su fama era tanta que incluso los mayores le conocían. Un día me pegaron bien, además de las típicas collejas: Me esperaron al salir y me pegaron entre todos, pero no recuerdo por que. Años más tarde nos hicimos amigos. A Julio le he vuelto a ver en los juzgados, envuelto en algún asunto de drogas. Justicia poética pensará alguno. Pero que un chico que fué «civilizándose» tanto como este terminara en la cárcel de justicia no tiene nada.

En 3º de E.G.B no salí al recreo ni un solo día, por que cuando no terminaba los deberes, que era todos los días, tenía que quedarme a hacerlos en clase con los mismos de siempre. Los mismos de siempre eran, entre otros, Adrian el gordo y Javier el chino. A Adrián le llamaban así porque era gordo y a Javier porque tenía los ojos achinados, tal era la capacidad de inventiva de los niños tde aquel colegio aterrador.
Siempre hacíamos el mono hasta que oíamos que las voces del patio se acallaban. Entonces nos poníamos como locos a hacer los deberes. Infructuosamente, por supuesto. La profesora nos hacía escribir el enunciado en azul y la respuesta en rojo y así nos tenía tranquilos y en silencio. Luego todo ese ansia por movernos y hacer otra cosa que no fuera copiar y copiar la usamos de mayores y así vienen los asesinatos y los genocidios.

En aquellos años se pusieron de moda esas políticas de educación tan nefastas que decían que no se tenía que memorizar nada, sino entender y ser capaces de razonar, así que empecé a no aprender nada hasta que llegué a 2º de Bachillerato. Ahora esas mismas políticas educativas se van a llevar en Bolonia por los mismos idiotas que lo dijeron entonces y que siguen con la idea dale que dale.

Tengo tres recuerdos de este año: El primero es que un niño se meó encima y se quedó sentado sin decírselo a nadie. No pidió permiso para salir por que «como estábamos en plástica…». El segundo es que en ese año salió Vip Guay, Vip Noche, Vip tal y Vip cual y en uno de ellos decían «Si tu profesora tiene cara de Limón..» y yo pensaba que la mía sí tenía cara de limón y que esa canción estaba hecha para mi. El tercer recuerdo es que otro niño estuvo un mes sin venir y todos sabían donde estaba menos yo. Siempre lo preguntaba y nadie me lo decía. Un día le vi y grité «¡Juan Pablo, has venido!». La profesora vino detrás y me castigó sin recreo y saludó muy contenta al niño aquel. Entonces dijo que iba a llamar a su madre a ver que tal el viaje a Barcelona. El niño se puso pálido y nos confesó que no había ido a ningún sitio, que cuando su madre se iba a a la peluquería él dejaba a su hermano en el cole y volvía a casa, así durante un mes. La profesora subió ojiplática y al niño no le dejaron volver al colegio al año siguiente. Tardé mucho tiempo en averiguar que su madre no iba todos los días a la peluquería a cortarse el pelo. Durante años y años, y lo digo en serio, me estuve preguntando si tendría alguna enfermedad y le crecería el pelo a marchas forzadas.
Fue también el primer año que me echaron y lo pasé tan bien en el pasillo que siempre quise que volvieran a echarme.

Este año conocí a El Chino, (al que yo siempre he llamado por su nombre de pila, por cierto) que sería amigo mío durante mucho tiempo. Nos hicimos amigos por que ambos teníamos la NES y nos cambiábamos juegos.

En tercero empecé a ir a clases particulares de esto y de lo otro. De inglés, con «la teacher y de atletismo, donde iba un chico paralítico que, para variar me pegaba. A las 18:30 volvíamos a casa, ya de noche. Esto no me gustaba nada de nada.

Tanto tercero como cuarto los di en un ala del colegio que poco después dejó de pertenecer. Cuarto lo di con un profesor chuleta. Tenía fama de dar grandes capones con las llaves, incluso de provocar heridas y para más inri, nunca mejor dicho, mis padres le dijeron que si me portaba mal podía crucificarme. Siempre nos hablaba de lo mucho que sabía y de lo bien que pescaba. Era un poco ludita y bastante pesado con los apuntes y con los deberes. Su hija también estaba en la misma clase y cuando suspendía una ficha, aunque fuera con un cuatro se ponía a llorar y él a gritarla y a fumar en clase (que por aquella época recién estaba prohibido). La gritaba, daba golpes en las mesas, le decía que esa noche se iba a quedar sin cenar, que no iba a salir de casa ni a ver latele. Recuerdo especialmente estos gritos por que me hacían tiritar de miedo. Nunca jamás me ha pasado algo así. Yo, que suspendía todas las fichas sin excepción, creía que la niña iba a salir atolondrada. Más tarde siguimos yendo a la misma clase y vi que tuve razón. Años después no consiguió nota de corte para la carrera que quería en selectividad y me quedé más contento que unas castañuelas.
Teníamos lectura. Recuerdo que me leí en aquel año El Pirata Garrapata. (menudo libro bueno). Lectura.. una hora para leer en clase. ¿No es fantástico? También teníamos música o algo así. Recuerdo a la profesora que nos la daba cantar la canción esa de «Pero mira como corre, vuela ,surca las olas del mar, quien pudiera, a una sirena escuchar». Aquel año también entré en contacto con una profesora que era bajita y severa. Los que la conocieran seguro que saben a quien me refiero.

Nos pasábamos las horas metiendo papeles arrugados en el pupitre de una chica sin que se diera cuenta. Se llamaba Carolina y yo la llamaba escarola. Luego se hizo barriobajera y desapareció. Me pregunto que habrá sido de ella.

Recuerdo que un día en el pasillo nos empezaron a empujar unos chicos según pasaban y ella gritaba «Ah, Ah». Yo la empujé gritando «Eeeh». Me fuí a pegar y pegué un gritito que parecía un Iiih. Y cuando me pegó dije Ou. Esto que es una tontería se convirtió en la comidilla del día.

Durante muchos de estos años fuí con mi madre a clase, de la mano. Me gustaba ir de su mano, por mayor que fuese. Luego iba yo solo. Durante muchos años también iba por una acera y luego por otra, siempre el mismo camino, cruzando por los mismos sitios. Y corriendo. Muchas veces corriendo. No fué hasta tiempo después que vi que era mucho más inteligente ir por la acera de Capitanía en vez de por la de San Pablo y que era mucho mejor cruzar e ir por la floristería Rebeca que ir por la del Tío… ¿Zeta? (Que tenía dibujadas tres botas de las de beber de distintos tamaños. Actualmente están los juzgados).
También me apuntaron a Solfeo y yo nunca fuí capaz de distinguir un Do de un SOL y ni ahora, por mucho que me lo hayan explicado, entiendo lo de los tiempos musicales: ¡Pues si toco más rápido será que toco en menos tiempos! ¡¿Y por qué no puedo tener unas partes con un tiempo y otras con otro?!

Al terminar iba corriendo a casa para ver V.

5º de EGB la di en la que más tarde se convertiría en la sala de video (y tenía un VHS y ¡un magnífico televisor de 14″! Wow) por su obscuridad. Estaba en un sótano cuyas ventanas eran plástico blanco que apenas dejaba pasar la luz. Es aquí cuando recuerdo que empecé a darme cuenta del horario y de la división por asignaturas y demás. (Y eso que hasta 6º no tendríamos un profesor para cada cosa. Como veis yo era un chico espabilado). Mi profesora era muy de derechas y yo, que tenía 10 años, me creía todo lo que me decía: Los negros son mucho más racistas que los blancos, los que crucificaron al niño Jesús eran comunistas, Franco quería mucho a los españoles y los insumisos tenían mucha cara, por que España les daba policía y sanidad y carreteras y de todo y sólo les pedía la mili y ellos no daban ni eso por su país. Bendita inocencia la mía. Así me expliqué más tarde como votaban los del PP: Con la inocencia de un niño de 10 años.
Esta profesora era buenísima. Nos explicaba todo de maravilla, nos lo machacaba hasta que lo entendiéramos. Daba gusto. La tengo bastante cariño. Pero ir a clase a las 15:30 es duro. Me ponía en la siguiente postura:

Imaginen que se van a clavar un puñal en la frente con su mano derecha. Sujetenlo con la punta hacia la izquierda y clavenselo. Ahora, con el puñal clavado, bajen el codo todo lo que puedan, apoyenlo en la mesa y reposen ahí su cabeza mirando a la izquierda. Relajen el puño. En esa postura me pasaba las horas muertas.
Recuerdo un examen de sociales que nos hizo, donde nos preguntó sobre los frailes que copiaban libros para preservar la cultura y se autoabastecían y un chico contestó: Los frailes vivían en conventos y comían patatas, lechugas, tomates, lentejas…
Así una lista de plantas gigante con la que llenó el examen.

5º fué largo y dió para mucho, pero quizá lo más importante que me sucedió entonces fué que un chico que yo nunca había visto, un año mayor que yo se reía de mi pinta y me pegaba. Era más bajito y más pequeño que yo, pero me pegaba igualmente. Este chico era Dremin.

Durante este año me hice amigo de un fulano que luego me traicionó cual cerdo traidor por una chica. Nos gustaba la misma chica, que era, por cierto, bastante cortita, pero estaba buena (para los cánones de un chico de 10 años, claro). Con esta chica hablaba varias veces y éramos relativamente amigos y bromeábamos etc. Yo la llamaba bajita y ella a mi feo. Pero un día me encontré con su madre al entrar en clase y me echó una bronca gordísima por llamar baja a su hija. Yo le pregunté y dijo que estaba harta de mi… pues aquí paz y después gloria, dejé de hablar con ella… mientras pude, por que luego venía a tocarme las pelotas. Un día me dió con un estuche y yo la pegué una que todavía debe de estar doliéndola. Las víboras de sus amigas dijeron que yo la había pegado sin más y me castigaron sin recreo. Otro día, en gimnasia (esta fué el año siguiente), estábamos jugando al baloncesto el chino y yo y ella y su amiga, con dos balones en dos juegos totalmente distintos. Ellas creían que por ser chicas tenían el monopolio del baloncesto y que nosotros teníamos que ir a jugar al fútbol, así que cuando cogían nuestro balón nos lo tiraban al patio de abajo. Una vez me harté y tiré el suyo también y la tía esta vino a pegarme. Me dio dos patadas, así que, yo que ya era un chico grande y ella que era especialmente bajita, dimos un espectáculo bastante risible: Yo la sujetaba con una mano en la frente y le daba bofetadas con la otra, mientras ella intentaba pegarme puñetazos. Nos separó el profesor, que era uno de esos que decía al principio, que no merecen respeto ninguno, y me dijo que que hacía pegando a una chica. Luego el jefe de estudios me dijo que no sabía que yo pegara a las chicas. ¡Lo que me faltaba!. Fue cuando dije la primera palabrota de mi vida: Me dijeron que la diera la mano y un beso (¡Con 10 años! Esas eran cosas de niños. Besos nosotros… bah) y al ir a darle en beso, en vez de dárselo, la susurré al oido: «Puta». Ella no dijo nada. De todos modos, con lo bueno que era yo, no la habría creido nadie. Esta última anécdota, por cierto, fué en…

…6º de EGB. Fué este año cuando empecé con el cura, del que no voy a decir ni mu, por que si empiezo rellenaría un mensaje tan largo como el presente o más. El primer día de clase me arrancaron una hoja y la profesora del momento me hizo repetir el ejercicio y me pareció de lo más injusto. Este año también se empezaron a meter mucho con mi amigo «el chino» y a mi me traían los demonios. Recuerdo que el primer contacto que tuve con nadie además de con el chino este año fue con un chico que me dijo que me daba 25 ptas si se la chupaba. Y yo, por supuesto, no tenía ni idea de que demonios quería decir. Ni la más remota. Luego subió a 50, pero seguí declinando su oferta amablemente.

Durante 6º leimos Matilda y otro libro que era una mierda. A los de mi clase nos gustó más Matilda y a los bobos de la otra clase les gustó más el otro libro. Matilda es muy famoso, hay hasta peli, el otro libro era de un negro que volaba o yo que sé. Uno de los ejercicios que teníamos que hacer consistía en dibujar a la profesora de Matilda. Un chico la dibujó con pelo en el pecho y la profesora se lo mandó repetir. Yo se lo dibujé con los brazos sacando biceps y la dió un ataque de risa. A mi me dió otro, pero fué en Matemáticas. Probablemente el mayor ataque de risa de mi vida. Allá van datos preliminares:

·En mi clase había un chico que ahora es grandecito, pero que creció de repente a los 11 y tenía el tamaño de un chico de 18 o más, pero sólo horizontalmente. Un chico muy majo, por cierto. No sé que habrá sido de él. Samu, si lees esto, di «Superchachi».
·La ventana estaba abierta y la corriente cerraba la puerta.
·Hacía demasiado calor como para dejar la puerta cerrada.
·Había unas profesoras en el pasillo.
·Debajo de nuestra clase estaban las oficinas del jefe de estudios
re
Pues el profesor puso la papelera para sujetar la puerta, pero esta se cerró igualmente, mandando la papelera a tomar por saco, atravesando entre los pies de las profesoras. Mandó a un alumno que se levantara a colocarla y le dijo que, si se volvía a cerrar, él, el alumno digo, se sentaría en la papelera para que no se cerrara. Entonces el chico dijo: «Si se sienta Samu se va a jefatura».

Sólo de imaginarme la cara de las profesoras viendo la papelera yendo a vivir su vida y la del jefe de estudios recibiendo una visita inesperada empecé a reirme con tantas ganas que la clase se interrumpió y no pudo reanudarse. Un chico, el de los aparatos en 1º de EGB, vino a pegarme y me dió varias collejas con el beneplácito del profesor, a ver si me callaba, pero no hubo manera. Ese mismo profesor se empeñó en que yo era un genio y me aprobaba siempre, pero he de reconocer que no siempre entendía lo que quería decir. El profesor nos explicaba las matemáticas con ejemplos abstractos (osea, usando equis en vez de números) y la capacidad para entender esas cosas no se empieza a desarrollar hasta los 12 años. Recuerdo que el chino estudió mucho un examen y sacó una nota baja y dijo que quería la mía y yo le dije: Ahí la tienes, es la que me merezco.
Es la única vez en mi vida que eso de que me consideren injustamente un genio me ha servido para algo.

Este año estaba, sino en clase, al menos en curso con Rael. Y jugaba con el chino y conmigo y con otro chico del que no he hablado por que hasta el año siguiente no tengo más que recuerdos sueltos… y que creo que tampoco voy a hablar, por que fuimos amigos mucho tiempo, luego tuvimos malos rollos por culpa de su hermana, luego volvimos a ser amigos pero luego su hermana estuvo puteando a Dremin lo que no está escrito. Ahora le he vuelto a ver por la calle después de siglos y nos saludamos más efusivamente, pero hemos estado sin vernos ni hablarnos desde hace más de un lustro, que se dice pronto.

Por primera vez en 6º vi la sintaxis. Y ya entonces no entendía nada de nada de nada. Y empecé la plástica con el jefe de estudios. Y ¡ay amigo!, lo mal que lo llevamos. Era incapaz de hacer ninguno de los trabajos imposibles, como un cubo con varillas o cosas así. También empecé con una profesora nueva de Soci. Y menuda profa. Nos daba apuntes muchas veces, horrorosos, por cierto, nos hacía copiarlos tal cual y luego, en el examen, le daba igual si estaba bien puesto o mal puesto, lo que le importaba es que le hubieras puesto mucho. Así recuerdo intentar copiar a mis compañeros y leer las palabras Michael Jackson en uno de sus exámenes y pensar: «Menuda te va a caer, majo», para luego suspender y ver como el otro sacaba un notable. Eso era, sólo la extensión de lo escrito. Había entonces un niño rarísimo y muy pesado. La profesora nos dijo que teníamos que hablar con él y preguntó que quien lo hacía. Sólo yo levanté la mano y ella me puso como ejemplo a seguir y me preguntó de que hablábamos, a lo que respondí: «Yo le digo que a dos metros de mi». Y todos se rieron.

Lo raro de estas escenas es que las recuerdo con toda naturalidad, con toda frescura, como si fueran de la semana pasada, lo que indica lo bien que recuerdo mi infancia o lo mal que recuerdo las cosas de la semana pasada.

Como este blog es mío y para mi, pienso dar el coñazo con este asunto hasta que termine 2º de bachillerato, así que os jodeis

Una vez, en 5º de E.G.B., una profesora (buenísima, por cierto), nos empezó a explicar una lección que ya nos había explicado el día anterior. Nosotros, para ahorrar trabajo, no dijimos nada. Pero ella vió que un chico (un hijoputa, por cierto) ya tenía en su cuaderno el dibujo que correspondía a esa lección (reproducción sexual en las flores) y se enfadó y nos mandó de castigo copiar esa lección del libro. Creo recordar que copiarla dos veces, quizá incluso 3 para más inri. Y para el día siguiente.

Esa tarde, toda la clase de 20 chicos la pasamos haciendo lo mismo. ¿Toda? no. Un intrépido alumno, yo, para más datos, copió sólo parte. Y además entre medias se atrevió a escribir un saludo para la profesora.

Al día siguiente sabía que le iban a pillar. Mientras todos los alumnos entregaban varios folios, él sólo entregó dos cuartillas.

La profesora agarró todos los trabajos, los rompió y los tiró. Entonces se oyó un montón de palabras que en general decían algo así como «Hala, ¿para eso?».

¿Qué esperaban? ¿Que el profesor fuera a leer entre 20 y 60 (dependiendo de si eran una dos o tres veces) la misma lección? ¿Que la iba a repartir entre los niños pobres que no tenían dinero para comprar libros? 

Obispo avispado

José Sarto, obispo de Mantua, recibió a un joven llamado Aquiles Ratti, un joven sa-cerdote pro-metedor.

Después de una charla, el obispo le dijo: «¿Sabes? Tengo la impresión de que me vas a relevar del cargo».

Sin embargo se equivocó: Jamás le relevó del cargo de obispo.

Pero se equivocó a medias:

Años más tarde, José Sarto se convirtió en Pio X
Aquiles se convirtió en Pio XI.

Titulitis

Henry Irving, el actor, estaba en una reunión y un hombre que le envidiaba, sabiendo que no había tenido formación universitaria, le increpó: «Vd no ha estado en Oxford, ¿verdad?»

Irving contestó: «No, yo no. Mi secretaria sí.»

Estúpidos patricios.

Mc Neill Whistler, un pintor estadounidense del XIX, comentó durante una reunión de aristócratas que había nacido en Massachussetts. Una señora exclamó entonces: «¡Qué ordinario! ¿Cómo pudo nacer en un sitio así?».

El pintor contestó: «Es que mi madre estaba allí y yo quería estar con ella en tan señalado momento»

Está claro

Se acercó un escritor novato a Balzac (¿Por qué cada vez que voy a escribir Balzac escribo Balzar?) y le preguntó, sin darle más información, como titular un libro que acababa de Escribir. Tuvo lugar la siguiente conversación:

-¿Sale algún tambor?
-No
-¿Y alguna trompeta?
-Tampoco
-Entonces está clarísimo: «Sin tambores ni trompetas»

Los cumpleaños de mis primos

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Algunos sábados alguno de mis primos celebraba su cumpleaños. Esos sábados mis hermanos y yo íbamos López Gómez arriba. Mi hermano y yo de la mano de mi madre, mis hermanas delante. El recuerdo es siempre nocturno.

El portal tenía muchísimas escaleras empinadísimas que terminaban en un ascensor con pinta de antiguo, abierto por los lados para dejar ver como sube y baja.

Arriba nos recibía quien abriese y el gato y, tras un beso de cada uno de nosotros a cada uno de ellos los pequeños nos íbamos a la cocina y los mayores se quedaban en el salón.

La mesa de la cocina era una bacanal de dulces y sandwichs. Conguitos, patatas, bollería industrial, refrescos de todos los colores, etc. La norma no escrita decía que primero teníamos que comer, por lo menos, un bocadillo y luego ya podíamos arramblar con el resto.

Mi tía nos servía un dedo del refresco que pidiéramos y mientras la espuma se apartaba para dejar espacio a más bebida servía a otros y nos olvidaba, dejándonos con dos sorbos en el vaso.

Después de comer cada uno se iba a jugar con aquellos de su edad y nos volvíamos a reunir para comer la tarta y cantar el cumpleaños feliz, que no le gustaba a nadie, ni a los cantantes ni a los cantados.

Nos comíamos la tarta también por separado y seguíamos jugando hasta que, al final de la noche, mi madre nos hacía parar y recoger el juego para quedarse una hora más hablando con mi tía, haciéndonos esperar con el abrigo puesto en el recibidor.

Volviendo de la universidad

Joder que frío. Veeeeeeeeenga, que vas pisando huevos. Quita macho. Jo macho. Ostias. Mierda de perros. Putos perros. Joder, esto es un campo de minas. Que frío cojones. Esta calle es eterna. Putos jipis. Hala, obras aquí también. No tenías otro momento. No tenías otro sitio. Este frío no es normal. Mierda. Charco. Mira ese, con la bici en la terraza, vaya carreras debe echarse. Ay, que no me vea, que no me vea, que no me vea… Bien bien ¿y tú? me voy que tengo frío ¿Eh? adiós que te vaya bonito. Me hago pis. Me muero de hambre. Hoy la clase no ha sido tan buena como otras veces. Ay. No tenía Vd otro sitio. Ya podría meterse el paraguas por el culo. Ay. Mi casa, teléfono…

Memoria

Qué extraños son los mecanismos de almacenamiento y distribución de la memoria en el ser humano, ¿no? En mi caso tales sistemas no funcionan ni han funcionado jamas. Mi cerebro es un cuarto trastero negro, sin anaqueles, ni estanterías, ni bases de datos… Hoy, intentando recordar algo de suma importancia, mi cerebro ha cerrado los ojos y ha metido la mano en ese cuarto oscuro. y ¿qué es lo que ha sacado? pues la frase “¡chanquete ha muerto, chanquete ha muerto!” de verano azul. y así no se puede ir por el mundo.

Canalla

¿Porque todas las mujeres a las que digo cosas bonitas me acusan de no ser las únicas?

Informática nivel medio

Me ha dicho un chico que mi ordenador no refresca bien ¡ni que fuese una nevera!

Dicho por mi hermana.

Alfa

Cuando subí al tren nos abrazamos, un abrazo largo y agradable. La revisora nos preguntó si yo era su acompañante. Le dimos los billetes y, según íbamos a la habitación, ella delante, con su espesísimo pelo rojo en dos coletas y unos vaqueros se dió la vuelta, mostrando la sonrisa más bonita del mundo y me besó. Un pico con sabor a Trident Regaliz. Después subimos a la litera y allí seguimos. Sus besos eran una mezcla de chicle de regaliz y fortuna 25.

Los ciudadanos soviéticos pueden dormir tranquilos

Una sencilla equivocación puso en guerra, durante más de un siglo, a una ciudad británica con una de las naciones más importantes del mundo. La pacífica pero prolongada guerra tuvo como protagonistas a Rusia y a la fronteriza ciudad de Berwick-upon-Twed.

A lo largo de los siglos, Berwick pasó alternativamente a poder de Escocia y de Inglaterra. En 1482, finalmente, la ciudad volvió a formar parte de Inglaterra. Pero a causa de su particular localización geográfico-histórica, la ciudad fue tradicionalmente considerada como una entidad aparte en todos los documentos estatales.

Cuando estalló la guerra de Crimea, Gran Bretaña declaró la guerra a la Rusia zarista, en nombre de la reina Victoria, soberana de Inglaterra, de Irlanda, de Berwick-upon-Tweed y de todos los dominios británicos.

La guerra terminó en 1856, pero debido a un descuido, el tratado de paz de París, firmado ese año, no hizo mención a Berwick.

Por lo tanto, la ciudad permaneció oficialmente en guerra con Rusia durante los 110 años siguientes, hasta que en 1966, un funcionario soviético hizo una visita especial de buena voluntad a Berwick, a fin de declarar la paz.

El alcalde de la ciudad, el consejero Robert Knox, contestó a las palabras del enviado del Kremlin: “Por favor, dígale usted a los ciudadanos soviéticos que por fin pueden dormir tranquilos”.