Alex tenía esa extraña costumbre de entrar en los bares diciendo una salvajada justo antes de pedir, intentando siempre que el camarero le echase a patadas sólo para hacerse el indignado. Una de las cosas que decía era : «Y resulta que las prostitutas de ocho años tailandesas están totalmente depiladas y además… » y entonces interrumpía para pedir la consumición.

Un día, en un restaurante japonés, le preguntaron si de verdad se había tirado a una niña tailandesa. Él respondió: «¿De verdad me lo pregunta? ¿Quién se ha pensado que soy? Jamás me acostaría con una oriental: Me asquean».

Fue la única vez que consiguió que le echaran. No les culpo. Tanto no les culpo que le mandamos a la mierda, dijimos que nos lo habíamos encontrado en la puerta y nos había seguido y que no lo conocíamos y cenamos sin él. Nos estuvo esperando con un bocadillo en la puerta, leyendo un periódico. Nos vió salir y sonrió. No pudimos más que reirnos e irnos con él ante la sorpresa de los trabajadores del resturante. Así era Alex.

Una de las cosas que hace Alex es no sujetar las puertas que se cierran. Siempre va con las manos en los bolsillos, como si fuera una anguila y, como tal, pasa por la puerta, sin tocarla, dejándola caer en quien venga detrás. Siempre oye quejarse al que le sigue y ni siquiera le mira, sólo se ríe y sube corriendo para intentar llevarse el ascensor.

Otra es salir del cine pasando cerca de la cola comentando en voz casi en grito los puntos clave, como Homer Simpson. Y lo hace por joder. Y por joder come las palomitas haciendo todo el ruido que puede y da vueltas a los hielos de la bebida con la pajita. Por joder. Del mismo modo, jamás se lleva los restos a las papeleras del pasillo, sino que las va dejando por los asientos por los que pasa.

Alex es un cabroncete de primera.